Nacional. El impacto en la salud mental que ha tenido la pandemia en la población infantoadolescente es una alerta para los especialistas del área. Depresión, ansiedad y efectos post traumáticos son variables que deben ser observadas y trabajadas preventivamente.

Lorena Trujillo psicóloga y coordinadora técnica en Fundación Tierra de Esperanza, ve con especial atención la importancia que tiene la prevención del suicidio adolescente, sin mitos y sin estigmas. Es así como durante este periodo está realizando diversas capacitaciones a los profesionales de la institución y orientando a los equipos frente a situaciones complejas para su abordaje.

Por qué es importante el desarrollo de capacitaciones en prevención del suicidio adolescente?

Sobre las conductas suicidas existen muchos mitos, barreras y estigmas que hace cueste hablar de él. Eso mismo se puede transformar en una barrera para que los profesionales y cuidadores en general, puedan acceder al desarrollo de destrezas y habilidades de apoyo sustentadas en evidencia y que pueden constituirse en medidas claves para la prevención. En este sentido, el contar con la información adecuada y poder desarrollar destrezas de intervención pertinentes, nos permite redefinir roles al interior de los equipos, fortalecer procedimientos, clarificar estrategias ajustadas a las distintas etapas de intervención, favorecer el cuidado del equipo, y sentirnos más seguros y competentes al momento de enfrentar esta difícil problemática. 

¿Qué impacto tiene la crisis sanitaria en la agudización de esta realidad?

Ya hemos podido acceder a estudios de aquellos países que van más adelantados en esta pandemia. De acuerdo a esa experiencia, un estudio reciente (Xie et al, 2020), confirmó que el 20% de los niños/as que salieron del confinamiento, tenían síntomas depresivos y ansiosos. Este dato nos debe alertar y ocupar desde ya, considerando que nuestro país, hasta antes de esta crisis, ya registraba tasas muy altas de problemas de salud mental en la infancia. Esa es nuestra otra pandemia Es por ello que nuestra mirada en torno a la protección de la salud mental se hace más urgente que nunca y debe tener una mirada de largo plazo. 

¿Cómo podemos prevenir?

La prevención debe partir contando con una política que pueda atender a las graves consecuencias en la salud mental que estamos viviendo y seguramente tendremos que enfrentar en el mediano y largo plazo; políticas que hemos visto mucho menos presentes dentro de las medidas anunciadas por las autoridades. En lo más específico y desde el rol que nos compete a profesionales y cuidadores, debemos propiciar ser sostén de los niños/as, evitar activamente que la ansiedad (muy esperable en estos momentos), se transforme en angustia, y la angustia en miedo. Esa cadena es la que debemos evitar desde el cuidado. Así mismo, debemos ser la principal fuente de regulación para niños/as y adolescentes, ayudándolos a poner en palabras su mundo emocional, a externalizar lo que les ocurre, en un contexto que sea capaz de contener y mentalizar sus sentimientos, pensamientos y vivencias. Debemos recordar que los sufrimientos no entran en cuarentena y no esperan, por lo que nuestra ayuda debe ser más activa que nunca, sobre todo dirigida a los contextos de mayor vulnerabilidad, donde sabemos que las crisis se hacen mucho más duras y se amplifican. 

A tu juicio ¿cuáles son las medidas que se deben adoptar para abordar esta realidad en el trabajo directo que se realiza con esta población atendida?

La invitación hoy es a «seguir a los niños». Tenemos el desafío de lograr que, a pesar de la distancia física, las herramientas tecnológicas nos permitan que niños/as y adolescentes perciban que nuestra presencia sigue ahí, que ese vínculo de cuidado permanece. Además de los objetivos específicos que tengamos detrás de nuestro trabajo, hay objetivos de intervención transversales que, sobre todo en niños y adolescentes con vidas cargadas de rupturas, les permita seguir construyendo esta historia de cuidados desde el rol al que estamos llamados. 

Y como siempre lo decimos, hay que hablar, hay que preguntar, hay que entregar la oportunidad para que la desesperanza sea expresada, entendiendo que ello entrega una tremenda oportunidad de alivio del sufrimiento, que puede convertirse en «la» estrategia de prevención.